Sarance 45, publicaci—n bianual, per’odo diciembre 2020-mayo 2021, pp 99 - 117. ISSN: 1390-9207 ISSNE: e-2661-6718. Fecha de recepci—n: 20/08/2020; fecha de aceptaci—n: 21/11/2020 DOI: 10.51306/ioasarance.045.07 Vigencia y subjetivaci—n del racismo jerarquizado Racismo hawamanta aychayashpa –ukanchikpi kawsashkamanta kunan pachakunakaman. Validity and subjectivation of the racist hierarchy Aquiles Hervas Parra ahervas@uotavalo.edu.ec ORCID: 0000-0003-4558-2721 Universidad de Otavalo (Otavalo - Ecuador) Resumen De manera general estamos acostumbrados a discutir la problem‡tica del racismo desde una perspectiva eminentemente moral, es decir desde la posici—n que provoca la indignaci—n o identiÞcaci—n de un episodio, en el cual uno o varios sujetos han cometido un acto racista sobre otro sujeto o varios sujetos. Esta forma de posicionamiento no es en efecto desechable por completo, sin embargo, requiere una ampliaci—n panor‡mica para su real comprensi—n, sobre todo si lo que se requiere es avanzar progresiva y aceleradamente en el Þn de abolir o reducir a su m’nima expresi—n las relaciones de discriminaci—n racial, en suma, el racismo. El presente art’culo busca generar una evaluaci—n de la construcci—n del racismo, adem‡s procurar‡ develar la forma jer‡rquica de relaci—n subjetiva que se dio en un momento de la historia americana y como su espec’Þca materialidad de dominaci—n y control aport— a la consolidaci—n de las diferencias raciales como modo de diferencia entre las personas. Palabras clave: Racismo, sujetos, jerarqu’a, subjetivaci—n, historia. Tukuyshuk „ukanchik kawsaypika puntamanta racismo nishka llakipi kawsashpa shamushkanchik, –ukanchik i–ikuykunamanta. Wakin rikuykunapika llakiyarinchik, pi–arinchik racismo nishkatayman –ukanchikman, shukkutaman shitachikpika. Kay yuyaykunataka asha asha shunkuway yuyarishpa katina kan, shinallami racismo nishka unkuytaka wa–uchishun. Kay killkashka pankaka rikuchikapak munan imashinami watakuna yalikpipash racismo nishkaka ashtawan sinchiyarishpa katimushka, ashtawankarin –ukanchik Abya Yala punta rimaytapash riksichinkapak shinallata hamuktakapak imashpata kunakaman –ukanchik yuyaychik shuk shuk runakunaka –ukanchikta mishan paypa tullpu aychamanta, akchamanta, uchilla, hatun, tullulla, rakulla kashkakunamantayman. Tarik killkakuna: racismo; runakuna; mishay; subjetivaci—n; punta rimay. Abstract In general, we are accustomed to discussing the problem of racism from an eminently moral perspective, that is, from the position that provokes the outrage or identiÞcation of an episode in which one or more individuals have committed a racist act on another individual or several individuals. In fact, this form of positioning isnÕt completely disposable, however, it requires a panoramic enlargement for its real understanding, especially if what is required is to progress rapidly in order to abolish or reduce to a minimum expression the relations of racial discrimination, in short, racism. This article seeks to generate an evaluation of racismÕs construction, and it will also attempt to reveal the hierarchical form of subjective relationship that occurred at a time in American history and how its speciÞc materiality of domination and control contributed to the consolidation of racial differences as a mode of differentiating among people. Keywords: Racism; individuals; hierarchy; subjetivation; history. ÀD—nde/Cu‡ndo se origin— el racismo? Una inc—gnita con bi-dimensi—n (tiempo y espacio): determinaci—n deÞnitoria sobre las relaciones racistas o momento identiÞcable en la historia que potenci— esta manera relacional entre las personas. Es una pregunta que ameritar’a varios tomos de libros para ser respondida, por ello en el presente texto, procuraremos entregar una cierta evaluaci—n de la construcci—n del racismo en tŽrminos humanos, pero, m‡s que nada procuraremos develar la forma jer‡rquica de relaci—n subjetiva que se dio en un momento de la historia americana que en su espec’fica materialidad de dominaci—n y control aport— a la consolidaci—n de las diferencias raciales como modo de diferencia entre las personas. La intenci—n es evidenciar, por un lado la innegable vigencia de las conductas racistas que dividen a las personas en el contexto latinoamericano1, y, por otro poner en balance el aporte que la colonizaci—n (hoy colonialidad) han entregado a la conducta racista en tŽrminos globales y culturales como consecuencia de cinco siglos deÞnidos por lo que signiÞca el encuentro de dos mundos valorados relativamente como diferentes. A pesar de que mucho antes despuŽs de mediados del siglo XX varias tendencias lo hab’an demostrado ya, a partir del a–o 2000 la ciencia formaliz— que Òno hay motivo cient’Þco que sustente el racismoÓ (Gall, 2016) sin embargo en las relaciones sociales de cualquier lugar del mundo persistimos en mantener conductas racistas, lo que se ha denominado discriminaci—n racial. Formas hist—ricas que develan la construcci—n social del racismo han existido durante varios siglos, las centurias m‡s recientes al disponer de mayor documentaci—n son las m‡s conocidas, m‡s no las œnicas, Òhay muchos acercamientos a la historia del concepto raza, entre los cuales se destaca la diversidad de interpretaci—nÓ (Wade, 2010). El racismo solamente se siembra en donde la diferencia asume condiciones de poder, el caso de Ruanda es uno de ellos, como para salir de las cl‡sicas ejempliÞcaciones de los reg’menes oÞcialmente racistas. 1 Como en todos los contextos a nivel global, ya que el racismo se consolid— como fen—meno universal. La limitaci—n del ensayo obedece a la necesidad de acotar un espacio abordable en la extensi—n del texto. 101 En Ruanda exist’an dos grupos, los tutsis y los hutos, Žtnicamente eran similares pero la colonizaci—n belga los dividi— entre quienes f’sicamente eran altos y peque–os, a los unos los pusieron a administrar el gobierno y a los otros a trabajar, con el paso del tiempo estos dos grupos se polarizaron al punto en que se divid’an como etnias distintas y hasta hablaban de razas diferentes. (Gall, 2016) No se puede asegurar que no existi— lo que hoy denominamos como conductas racistas en el mundo prehisp‡nico, tampoco se dispone de trabajos que puedan aÞrmar que s’. Ante lo cual y tomando como pauta la intervenci—n general del poder en la din‡mica del racismo si podr’amos decir que debido a la existencia de estructuras de poder en los imperios incaico, azteca y otros m‡s peque–os, se debieron haber encontrado escenarios de discriminaci—n en torno a facciones, fenotipos y rasgos, o en s’ntesis lo que conocemos con el genŽrico de -diferencias-. Tanto las relaciones de poder como el fen—meno discriminatorio paralelo con menor hostilidad o magnitud que en la Colonia, se sustenta tambiŽn en las evidencias que est‡n saliendo a la luz en las cuales se demuestra que las relaciones sociales entre ordenadores del Imperio y comunidades conten’an mayor ßexibilidad y mucho menos grados de violencia. La discusi—n sobre el origen del racismo ha sido amplia, existen tres corrientes que establecen criterio: La primera declara que es una idea peculiar de la modernidad sin mucho precedente hist—rico. La segunda dice que se trata de una manifestaci—n de tribalismo y xenofobia con ra’ces muy antiguas, y la tercera se localiza en medio de esas dos posturas2 un poco m‡s all‡ del racismo cient’Þco o biol—gico y un poco menos que el prejuicio basado en la cultura, religi—n o simplemente un sentido familiar o de parentesco (Gall, 2016). A nuestro trabajo interesa menos los debates acadŽmicos que las consecuencias de la vigencia del racismo en la contemporaneidad, por lo cual m‡s all‡ de resolver tales discusiones o alinearnos a una de ellas, procuramos, tomar aspectos de manera eclŽctica para comprender y probar una hip—tesis sobre la situaci—n de la diferencia en las estructuras jer‡rquicas de poder, subjetivo e institucional. 2 Esta postura en particular deÞende el escritor referente del racismo George Frederickson. 102 No es de sorprenderse que, siendo un concepto con tantas acepciones, la misma palabra raza tenga una etimolog’a incierta. Algunos abogan por una derivaci—n de la palabra latina ratio (tipo, variedad); otros apoyan una derivaci—n del ‡rabe ras (cabeza). Sin embargo, parece que sus or’genes yacen en el siglo XIV, cuando el vocablo aparece en Italia y Espa–a, usado en la crianza de animales para hablar de la estirpe o el linaje. (Wade, 2010) ÀD—nde surge el Racismo como un problema social? Acentuaremos en que la inc—gnita no es d—nde nace el racismo, Žste con otros nombres u otras explicaciones, as’ como encubierto en otros fen—menos como por ejemplo la intolerancia religiosa, es de origen de anta–o. La duda surge en establecer el surgimiento del racismo en tŽrminos relacionales de las personas, y en momentos hist—ricos que pasa a ser conßicto social. La modernidad no es una deÞnici—n precisa, mientras la discusi—n sobre quŽ es y cuando empez— la modernidad no se resuelva, es cierto que en tiempos antiguos, previos a Òla modernidadÓ, la discriminaci—n, la exclusi—n, la segregaci—n e incluso el exterminio del ÒOtroÓ se deb’a a que no le rend’a culto al Dios correcto o bien a que no hab’a nacido en una cultura digna de ser mirada por este Dios correcto. A partir del nacimiento de las relaciones modernas de producci—n y de las ideas, leyes y conformaciones nacionales a ellas asociadas, la discriminaci—n, exclusi—n, segregaci—n e incluso exterminio del ÒotroÓ se debe a que es visto como Òbiol—gicamenteÓ, naturalmente, irremediablemente, inferior al -nosotros-Ó (Gall, 2015b), a pesar de ello si le ponemos su correspondiente apellido tendremos mayor claridad: la modernidad capitalista surgida a ra’z de la mundializaci—n que la invasi—n de AmŽrica provoc— es una pauta para comprender el alcance del fen—meno racista en escala de poder global. ÒEl concepto moderno de razas fue inventado hasta el siglo XVIII con los linajes aristocr‡ticos y diferenciaciones animales (caballos, perros). En los hombres la herencia de sangre se entregaba por t’tulos de herenciaÓ (Frederickson, 2002), y hablar de sangre en la modernidad es comprender la cercan’a en/o alrededor del poder de los que asum’an una condici—n determinada por este par‡metro creado, Òpor s’ sola la desigualdad no alcanza a fundar un racismo estable, ni tampoco la diferenciaÓ (Wieviorka, 1994) Durante los mismos siglos y en evaluaci—n del mismo autor, en el XVII y XVIII se produjo una asociaci—n entre el tŽrmino raza y las naciones, no olvidemos que estos a–os la Colonia se encontraba en pleno momento de consolidaci—n, son los siglos de aculturaci—n (culturizaci—n para europeos) de las poblaciones ind’genas, Òla determinaci—n cient’Þca3 de la raza se dio en el siglo XVIIIÓ (Gall, 2016). Una de las interesantes cr’ticas a la propuesta de los estudios decoloniales declara que la noci—n de blanquitud no surgi— cuando Col—n llega a AmŽrica sino mucho despuŽs en el citado siglo XVIII, sucintamente con el aporte de los criollos en su auto construcci—n como aporte a la construcci—n de esta noci—n. Occidente no se inaugura como racista en el momento en que descubre las diferencias que tiene con los colonizados, son un conjunto de transversales que se encuentran: el desarrollo del tŽrmino raza en la ciencia de la Žpoca, las castas, el linaje, el valor otorgado a los poderes mediante explicaciones de sangre, la conquista de AmŽrica que hace de Europa central en el sistema, el mercado transatl‡ntico, el tr‡Þco masivo de esclavos, la necesidad de jerarquizaci—n a gran escala Òla evoluci—n de las sociedades europeas indica el desarrollo de un diferencialismo que indica diferencias parad—jicasÓ (Wieviorka, 1994). Estos y muchos otros elementos convierten a este hito de la historia en determinante para exacerbar las formas de discriminaci—n del otro (f’sico y simb—lico) en otro inferior con pretensi—n de que esa distinci—n sea universal. Considerando que el mercado naciente de esa mundializaci—n con sus posteriores globalizaciones adquirir’a tal contundencia en las relaciones materiales y de poder pol’tico dominante, lo que en tŽrminos gramscianos se denomina hegemon’a, la fuerza de Žsta llevar’a por inercia al racismo espec’Þco de la modernidad capitalista como racismo modelo o protot’pico de las relaciones generales, en el siglo XX durante los reg’menes oÞcialmente racistas ver’amos los efectos de esa magnitud. ÒPierre AndrŽ Taguieff (2001) y Etienne Balibar e Immanuel Wallerstein (1988) plantean que el racismo tiene al menos dos dimensiones: una ideol—gica, existente en los discursos y medios de difusi—n de las Žlites simb—licas; otra de conductas o pr‡cticas (discriminatorias, de segregaci—n o de violencia f’sica)Ó (Iturriaga, 2015). No signiÞca que exista un solo tipo de racismo, sino que dentro de las diversidades la modernidad capitalista posterior a la colonizaci—n americana aÞnc— las bases para un racismo predominante. 3 Al decir Ôcient’ÞcaÕ se reÞere a la idea de ciencia de la Žpoca y momento. 104 ÒRacismo y discriminaci—n Žtnica est‡n absolutamente relacionados, es imposible que existan el uno sin el otroÓ (Gall, 2016) De ello se podr’a pensar err—neamente que las dos categor’as signiÞcan tanto en la reßexi—n te—rica como el ejercicio pr‡ctico lo mismo y no es as’. La marca distintiva del racismo es que este tiende a institucionalizarse en un orden permanente de poder, entendido Žste como una forma de relaci—n social normalizada, hasta en muchos casos regulada. No siempre se llega a esta institucionalizaci—n o regulaci—n de esas relaciones raciales pero su mero intento implicar’a una forma de racismo. A esto Þnalmente agregaremos que el racismo tiende a ideologizarse, se puede hablar de una ideolog’a racista, al punto que el racista establece como previas sus negativas convicciones, Zygmunt Bauman deÞne con precisi—n esta conducta ideologizada Òel hombre es antes de que actœe, nada de lo que haga puede cambiar lo que esÓ. Es el caso de los criollos en LatinoamŽrica que durante el transcurso de la Colonia hasta Þnales del siglo XVIII e inicios del XIX formalizan una distinci—n o diferenciaci—n racial de los indios que permita institucionalizar una situaci—n social y gubernamental. Si bien compart’an espacio territorial, no fue admisible compartir la administraci—n de ese espacio y sus frutos, ante ese interŽs la creaci—n categ—rica de una forma distintiva se convierte en la manera de exclusi—n Òlos prejuicios tambiŽn entran en escena, debido a que Žstos se basan en actitudes o creencias que a su vez vienen de pr‡cticas concretas recubiertas por sistemas de poderÓ (Gall, 2016). Esta exclusi—n maniÞesta de la construcci—n de lo criollo no se replica en la construcci—n de lo religioso donde m‡s bien interesaba incluir aunque con cierto orden ritual y simb—lico al otro y la otra, al indio y la india, al negro y la negra. ÒA los indios de AmŽrica en un punto de la colonizaci—n se les permiti— abjurar de sus creencias y lo hicieron, pero eso no elimin— el racismoÓ (Gall, 2016), Mientras exista una creencia comœn no hay persecuci—n por ese motivo, la asimilaci—n religiosa es prioritaria por encima de la actitud de desprecio, saliendo de la iglesia o retornando a los espacios de tensi—n ese desprecio aßore otra vez. La intelectual guatemalteca Emma Chirix planteaba Òsi se va discutir de interculturalidad primero hablemos de racismoÓ y no puede ser m‡s atinada tal aseveraci—n, m‡s aœn cuando pretendemos comprender esta noci—n y sus consecuencias en el plano de las relaciones de poder, Òel concepto de la cultura es antitŽtico al de raza, pero tambiŽn el concepto de cultura puede ser reiÞcado para implementarlo y adaptarlo a la idea de razaÓ (Gall, 2016). Sin irnos demasiado tiempo atr‡s en la larga existencia de la humanidad, tomando como referencia un episodio de la historia, es el caso griego el que nos pone a pensar. No todos los esclavos eran negros o de algœn color en particular, los rasgos fenot’picos no determinaban la ubicaci—n en el estatus de esclavo. En palabras de la Historia Corta del racismo ÒThe status of blacks as slaves and pariahs highlighted the advantages of a white racial identity but conveyed little sense of AmericaÕs cultural or ethnic speciÞcity4Ó (Frederickson, 2002). M‡s all‡ de resolver la discusi—n sobre el argumento de la naturaleza de la esclavitud, lo que nos corresponde tomar de este momento de la historia es la relaci—n entre el poder y los otros para distinguir de ello su asociaci—n ello con los contrastes de color de piel, tama–os, estaturas o fenotipos. Las diferencias existen previamente, el problema no est‡ en que dejen de existir (anularlas, negarlas o invisibilizarlas), es decir el principio de igualdad no puede ni debe eliminar estas diferencias, que en su acepci—n m‡s leg’tima las denominaremos como diversidades, procurando que la diferencia se valore en tŽrminos de lo justo o injusto, Òel concepto raza termina siendo un ensamblaje complejo de elementos de la cultura y de la naturaleza, elementos tan entretejidos que no es f‡cil ver d—nde termina uno y empieza otroÓ (Wade, 2010). Lo diverso pre-existe, el problema es cuando a esa diversidad se provee una justiÞcaci—n de unos como mejores que otros, ese punto que no pre.existe sino se construye es la base de la discriminaci—n, el racismo u otras conductas de abuso, violencia y anulaci—n. ÒEsta relaci—n diferencia-poder en sus consecuencias oscilan entre un polo de la discriminaci—n social no oÞcial pero penetrante, y en el otro polo, el genocidioÓ (Gall, 2016). Al mencionar que esta forma de diferencia jerarquizada se construye debemos echar revista de alguna de las formas de construcci—n en la historia para la mejor comprensi—n. Es en la misma Grecia antigua en la cual se establecieron clasiÞcaciones que despuŽs ser’an ordenadas por la Antropolog’a Cl‡sica evolucionista, poniendo al Estadio de Barbarie como un momento jer‡rquico intermedio entre el Salvajismo y la Civilizaci—n. Traducci—n al castellano: ÒEl estatus de los negros como esclavos y parias destac— las ventajas de una identidad racial blanca, pero transmiti— poco sentido de la especiÞcidad cultural o Žtnica de Estados UnidosÓ Los griegos titularon como b‡rbaros5 a los pueblos extranjeros en los cuales su lengua tend’a a ser confundida con sil‡bicos incomprensibles, y lo hicieron desde una posici—n de superioridad, recordemos que la Grecia Antigua se auto caliÞcaba como una de las culturas superiores en la regi—n y la historia occidental le ha otorgado la condici—n de referente de civilizaci—n. Algo similar, pero en diferentes tiempos, suced’a con los el imperio Azteca cuando caliÞcaban a otros pueblos vecinos que consideraban inferiores con el peyorativo de popoluca6, en el mismo sentido proviene de la descripci—n sem‡ntica de una forma de balbuceo. Lo que tienen en comœn estas dos denominaciones es que su espacio de enunciaci—n es el poder, es decir quien tiene la mayor concentraci—n de fuerza para caliÞcar a otros de manera despectiva o atribuyŽndoles inferioridad. Tanto la Grecia antigua como el Imperio Azteca ejerc’an su poder en el espacio inmediato de incidencia, Europa cinco siglos antes de Cristo era una cultura perifŽrica, lejana de ser el centro de dominio a escala global, el Imperio Azteca hasta antes de su invasi—n y conquista por parte de la Corona espa–ola ten’a una incidencia importante en parte de MesoamŽrica, pero no m‡s. Hemos buscado algœn trabajo te—rico respecto de alguna rŽplica de formas despectivas de denominaci—n entre los pueblos que conformaban el Imperio Inca, pero a la fecha no contamos con Žxito en esta misi—n, cuesti—n que no signiÞca que no haya existido, sino que probablemente aœn lo desconocemos. Quien tiene el poder se auto faculta para cualiÞcar al otro, durante mucho tiempo en la historia esto ha sido m‡s notorio respecto de la creencia religiosa, la primera tarea de cualquier conquistador es la eliminaci—n del o los dioses del otro. En la actualidad podemos observar a modo de ejemplo vigente que los bombardeos en las zonas del Medio Oriente por parte del Imperio actual de los Estados Unidos van cargados con la creaci—n fuerte de un discurso -islamof—bico-. Quien posee el poder condiciona la existencia del otro, lo empuja a tener œnicamente dos v’as posibles, o te adaptas a sus creencias, costumbres 5 La palabra b‡rbaro se utiliz— en Grecia como un caliÞcativo peyorativo que se implementaba contra todo aquel extranjero que al no hablar el griego o posterior lat’n tend’a a percibirse como balbuceo. De este origen provienen las formas de burla cuando decimos a alguien que est‡ hablando cosas sin importancia (bla bla bla). Se le atribu’a como s’labos balbuceados ba ba ba, de all’ lo de -bar-baros. 6 Popopula o Popoloca se traduce en n‡huatl a Òalguien que habla como balbuceandoÓ y se usaba como caliÞcativo despectivo entre los mexicas, en especial los aztecas. Se le atribu’a como s’labos balbuceados pol pol pol. y valores o debes ser eliminado (que incluye negado o invisibilizado). En muchas de estas categor’as la conversi—n v’a fuerza o adoctrinamiento es practicado, y cuando no puedes esconder tus rasgos fenot’picos, color de piel o caracter’sticas f’sicas. All’ surge la necesidad del dominador de mantener las clasiÞcaciones jer‡rquicas, otorgarles funciones, asimilarlas o excluirlas segœn requerimientos, pero en cualquiera de los casos mantenerlos en una posici—n de inferioridad. Retornando al ligero bagaje hist—rico que situamos en contexto; la imposibilidad de evaluar estas asimetr’as creadas por las culturas en funci—n de la lengua no signiÞca que no nos debamos percatar que, aunque en distintos tiempos y diferencias de siglos, la forma de relaci—n en uno u otro hemisferio del planeta son s’miles. No ser‡ sino hasta que un hecho a escala mundial como la invasi—n de AmŽrica, tienda puentes de convalidaci—n en el planeta e instaure. Normalice e incluso naturalice esta forma de relaci—n entre el poder y los otros a modo de relaci—n mundial racializada. La invasi—n y posterior colonizaci—n del mundo hacia 1492 cuando la primera carabela de origen imperial toca tierras americanas, en aquel entonces Abya Yala7 surge en tŽrminos de Immanuel Wallerstein la primera mundializaci—n de la sociedad, y aunque muchos evalœan solamente sus efectos comerciales, econ—micos y materiales, hay mœltiples hechos en la cultura y las relaciones que se instauran hegem—nicamente con este hito. Las conductas subjetivas de las personas respecto de sus identiÞcaciones se radicalizan, si bien no se puede aÞrmar bajo ningœn motivo sustentado documentalmente que el racismo nace (gŽnesis) en aquella Žpoca, si podr’amos pensar en que la importancia de Žste, en tŽrminos de relaci—n humana y social, se vuelve uno de los aspectos centrales. Cuando hablamos de poder no queremos que se entienda a Žste de manera monol’tica como la concentraci—n de fuerza que posee un imperio, Estado o mercado como actores org‡nicos, el poder es una relaci—n de fuerza en varias escalas. Una persona con intenci—n de dominio ejerce la misma din‡mica caliÞcadora que estamos describiendo en entidades sociales y pol’ticas, lo puede hacer sobre otra persona o grupo de personas que est‡/n bajo su dominio, por ello procuramos describir el poder en tŽrminos de relaci—n8. 7 Denominaci—n acu–ada por pueblos originarios kunas asentados en territorios de los actuales Panam‡ y Colombia para referirse al continente americano en tiempos Prehisp‡nicos. SigniÞca Òtierra en plena madurezÓ o Òtierra de sangre vitalÓ 8 Principio de relacionalidad o interrelacionalidad. Poder Òes el nombre que se presta a una situaci—n compleja en una sociedad dadaÓ (Foucault, 1976), y, a partir de ello podemos atar un puente de las situaciones hist—ricas a los momentos micro-hist—ricos o hasta ’ntimos personal’simos, que esa relaci—n de tensi—n es similar, y por lo tanto analizable bajo los mismos principios. El caso de la Ilustraci—n francesa evidencia con claridad esta especiÞcaci—n, si bien en la disputa social por otro modelo que deje atr‡s el absolutismo mon‡rquico asum’a la igualdad como uno de sus principios fundantes, en Žsta no cab’an ni las mujeres ni los negros. Las mujeres cuales por motivos de poder interpersonal en relaci—n a los hombres y los negros por la jerarqu’a existente entre los -modernos ilustrados- de la Žpoca, cabe destacar que en esa jerarquizaci—n las mujeres ocupaban menor valoraci—n que los negros. Miremos para comprender tal posici—n de relaci—n dos intervenciones, la primera es la transcripci—n del texto redactado por Olimpia de Gouges en la Declaraci—n de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, ya que la Declaraci—n de los Derechos del Hombre habr’a omitido pronunciarse sobre las mujeres, as’ rezaba la contestaci—n: Los representantes del pueblo francŽs, constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre son las œnicas causas de los males pœblicos y de la corrupci—n de los gobiernos (...) reconocen y declaran [É] los siguientes derechos del hombre y del ciudadano. Las madres, las hijas y las hermanas, representantes de la naci—n, piden ser constituidas en Asamblea Nacional. Considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las œnicas causas de las desgracias pœblicas y de la corrupci—n de los gobiernos, han resuelto exponer en una solemne declaraci—n los derechos naturales, inalienables y sagrados de la mujer (...) (FUENTE, Dominio Pœblico) Ante esta leg’tima demanda, hombres con corte mis—gino como Pierre Gaspard Chaumette reaacionaba: ÀDesde cu‡ndo le est‡ permitido a las mujeres abjurar de su sexo y convertirse en hombres? ÀDesde cu‡ndo es decente ver a mujeres abandonar los cuidados devotos de su familia, la cuna de sus hijos, para venir a la plaza pœblica, a la tribuna de las arengas [É] a realizar deberes que la naturaleza ha impuesto a los hombres solamente? (Guer’n, 1974) Similar respuesta tendr’a la revoluci—n para con los negros, en tŽrminos generales sin satanizar notables excepciones9. La ilustraci—n se demorar’a hasta 1794 para abolir la esclavitud, sus pensadores tornar’an demoradas sus reßexiones que si bien se reßejaron no tuvieron la consistencia para defender con contundencia la noci—n de igualdad que rompiera con la necesidad de explotar el trabajo de otro, Montesquieu dec’a ÒLa guerra de Espartaco ha sido la m‡s leg’tima que jam‡s se haya emprendidoÓ, Diderot continuaba ÒLa verdadera noci—n de propiedad implica el derecho de uso y de abuso. Jam‡s un hombre puede ser la propiedad de un soberano, un hijo la propiedad de un padre, una mujer la propiedad del marido, un criado la propiedad de un due–o, un esclavo la propiedad de un colonoÓ. A estos Rousseau acompa–aba en el cŽlebre Contrato Social: [É] deducen de la guerra otro pretendido origen del derecho a esclavizar. Teniendo el vencedor, segœn ellos, el derecho de matar al vencido, este puede rescatar su vida al precio de su libertad; convenci—n tanto m‡s leg’tima que beneÞcia a ambas partes. Pero est‡ claro que el pretendido derecho de matar a los vencidos no es en modo alguno consecuencia del estado de guerra [É] [É] Al ser la Þnalidad de la guerra la destrucci—n del Estado enemigo, se tiene derecho de matar a los que lo deÞenden, mientras tengan las armas en la mano; pero tan pronto como las deponen y se rinden, cesando de ser enemigos o instrumentos del enemigo, vuelven a ser simplemente hombres y no se tiene ya derecho sobre su vida. As’ pues, la guerra no da ningœn derecho que no sea necesario a su Þnalidad. (Roeusseau, 1999) Como ejemplos. En 1788, un a–o antes de la Revoluci—n Francesa el que ser’a diputado revolucionario Brissot fund— en Par’s la Sociedad francesa de amigos de los negros. Asimismo uno de los inspiradores del proceso revolucionario francŽs, Nicol‡s de Condorcet se pronunciaba as’ respecto de los derechos de las mujeres: El h‡bito puede llegar a familiarizar a los hombres con la violaci—n de sus derechos naturales, hasta el extremo de que no se encontrar‡ a nadie de entre los que los han perdido que piense siquiera en recla.marlo, ni crea haber sido objeto de una injusticia. Por ejemplo, Àno han violado todos ellos el principio de la igualdad de derechos al privar, con tanta irreßexi—n a la mitad del gŽnero humano del de concurrir a la formaci—n de las leyes, es decir, excluyendo a las mujeres del derecho de ciudadan’a? ÀPuede existir una prueba m‡s evidente del poder que crea el h‡bito incluso cerca de los hombres eruditos, que el de ver invocar el principio de la igualdad de derechos y de olvidarlo con respecto a doce millones de mujeres? So pesar de ello el poder y las pugnas alrededor de Žste dilataron estos debates, lo cual adem‡s durar’a poco con el restablecimiento de la esclavitud en el ascenso de Napole—n Bonaparte, Òten’a que haber una manera incuestionable de justiÞcar por quŽ hay unos m‡s iguales que otrosÓ (Gall, 2016). Asimismo, revolucionarias como Olimpia de Gouges morir’an a causa de sus posiciones de igualdad, demanda m’nima en los aires de la revoluci—n. Retomando; es por casos as’ en la historia, que tambiŽn en ese sentido nos obligamos a acotar en el an‡lisis el poder y el racismo a partir de su construcci—n social subjetiva. Entendiendo a la subjetividad como la construcci—n de lo personal en medio del contexto, lo que equivaldr’a a subjetividad social. Si bien a subjetividad de las personas ha estado marcada por las relaciones de poder desde tiempos de anta–o, como se manifest—, es en la invasi—n de AmŽrica que esta construcci—n de diferencias asimŽtricas en par‡metros jerarquizados se imprime a escala global, y con ello constituye uno de los rasgos de la hegemon’a10. Las caracter’sticas fenot’picas, junto con otros elementos m‡s abstractos como la religi—n o los valores, se ubican en escalas de poder que se encubren como escalas de valoraci—n. ReÞr‡monos a las diferencias de la extinta categor’a de raza. A las caracter’sticas de color, forma y dimensi—n corporal que tienen quienes ostentan el poder se les atribuye el caliÞcativo de ÒbuenasÓ personas o aÞrman como supuestos superiores; y, a todos quienes poseen fenotipos o rasgos diferentes a estos primeros se los cualiÞca como personas de menor calidad o en muchos casos ÒmalasÓ personas, se aÞrma como supuestos inferiores. Aqu’ es importante enfatizar que tal clasiÞcaci—n no fue bidimensional, dentro de los dominados o vencidos tambiŽn el poder crea sub-clasiÞcaciones segœn sus necesidades o a su vez reproducciones de las jerarqu’as. Indios y negros no eran lo mismo para el poder, en un punto de la Colonia y debido a mœltiples intereses de los colonizadores para explotar los recursos del territorio invadido debieron recurrir a la importaci—n de personas que ellos caliÞcaban como equivalentes a animales, lo cual es materia de an‡lisis aparte. En ese sentido y segœn circunstancias de ordenamiento, el poder dispone por encima y/o debajo las clasiÞcaciones jer‡rquicas y la normaliza 10 Que no se confunda esta aÞrmaci—n con el debate establecido en las escuelas decoloniales que sostienen que el Racismo naci— en AmŽrica; a criterio de este autor, Žste se exacerb— y convirti— en sistema mundo (Dussel y Wallerstein) en el establecimiento de las relaciones culturales; est‡ por dem‡s aÞrmar sin dudas que esta estructura jer‡rquica de normalidad racista subjetivada a nivel personal y social se halla vigente la actualidad con los cambios propios de la Žpoca actual y encubierta en narrativas modernas y discursos contempor‡neos. Referencias Bibliogr‡Þcas Alb—, X. (2010). Desaf’os de la solidaridad aymara. La Paz: La mirada salvaje. Almeida, I. (2008). El estado plurinacional. Quito: Abya Yala. Aqarapi Wanka,P.(2016). Macha. La Paz: Centro Multidisciplinario Wi–aypacha. Aram, B. (2007). 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