Babel, ciencia y el origen de las lenguas: revisión epistemológica de la herencia cientificista en Occidente desde Heidegger y Merleau-Ponty Babel, Science, and the Origin of Languages: An Epistemological Review of the Scientistic Heritage in the West through the Lens of Heidegger and Merleau-Ponty Babel, amawtay, shimi wachariymanta: occidentemanta Heideggerpa Merleau-Pontypa karashka amawtay yuyaykunata alli rikushpa Facundo Exequiel Gregorutti gregofacu23@gmail.com ORCID: 0009-0008-1137-4207 Universidad Nacional de Rosario (Rosario. Argentina) Revista Sarance ISSN: 1390-9207 ISSNE: e-2661-6718 Fecha de recepción: 22/02/2026 Fecha de aceptación: 07/04/2026 Cita recomendada: Gregorutti, F. (2026). Babel, ciencia y el origen de las lenguas: revisión epistemológica de la herencia cientificista en Occidente desde Heidegger y Merleau- Ponty. Revista Sarance, (56), 140 -161. DOI: 10.51306/ ioasarance.056.08 .................................................................................................................. Resumen El presente trabajo revisa la herencia del positivismo lógico en las ciencias modernas y su impacto en la legitimidad del conocimiento científico. El análisis se inscribe en un marco fenomenológico–hermenéutico, recuperando la fenomenología de la percepción de Merleau-Ponty y la crítica ontológica de Heidegger al principio de razón y al pensamiento técnico-científico. Metodológicamente, se trata de un estudio teórico– conceptual basado en una revisión crítica de la literatura y en un análisis contrastivo de marcos explicativos sobre el origen de la diversificación de las lenguas. Se comparan la reconstrucción hipotética del protoindoeuropeo (PIE), construida mediante métodos comparativos e inferencias a partir de lenguas atestiguadas, y el relato bíblico de Babel, que aun disponiendo de ciertos paralelos arqueológicos indirectos es desestimado desde la narrativa científica por no ajustarse a los criterios empírico-metodológicos contemporáneos. Se argumenta que la diferencia de estatus epistémico entre ambas narrativas no deriva de la solidez de sus evidencias, sino del marco cientificista heredado por las disciplinas modernas, que privilegia únicamente aquello que puede observarse, inferirse o verificarse. Se concluye que dicho paradigma limita la comprensión del origen de las lenguas al restringirla a lo que la ciencia puede objetivar y evidencia los límites propios, aunque académicamente aceptados, del positivismo. Palabras clave: positivismo, Heidegger, Merleau-Ponty, protoindoeuropeo, Babel. .................................................................................................................... Abstract This study examines the legacy of logical positivism in modern science and its impact on the legitimacy of scientific knowledge. The analysis is framed within a phenomenological–hermeneutic approach, drawing on Merleau-Ponty’s phenomenology of perception and Heidegger’s ontological critique of the Principle of Reason and techno-scientific thought. Methodologically, the study adopts a theoretical–conceptual perspective based on a critical review of the literature and a contrastive analysis of explanatory frameworks regarding the origin of language diversification. It compares the hypothetical reconstruction of Proto-Indo-European (PIE), developed through comparative methods and inferences drawn from attested languages, with the biblical account of Babel, which—despite certain indirect archaeological parallels—is dismissed within scientific discourse for failing to conform to contemporary empirical and methodological criteria. The study argues that the divergent epistemic status of these narratives does not stem from the consistency of their evidence, but rather from the scientistic framework inherited by modern disciplines, which privileges only what can be observed, inferred, or verified. It concludes that this paradigm restricts the understanding of the origin of languages to what can be objectified by science and highlights the inherent, though academically accepted, limits of positivism. Keywords: Positivism, Heidegger, Merleau-Ponty, Proto-Indo-European, Babel. ..................................................................................................................... Tukuyshuk Rikurinalla yachaytalla allikachikmi kan Positivismo lógico, paykunami modernidad pachakunapika kayllami amawtay nishpa chay yachaytaka wiñachishka. Chashna yuyaywanlla katishpaka shuklla rikurinalla yachaymi tiyan nishpa shimi shitashka, killkashka. Chaymantami kanchamanta yuyaylla, shuklla amawtay yuyaylla tiyan nishpa yachachishka. Shinamanta wiñarishka yuyaykunata kutin tikrashpa rikunkapakmi kay killkaypika apamun Merleau-Ponty killkashkata, payka ashtaka killkashka kan imashalla runakuna rikun, kawsan; kawsashka hipallami kawsaytaka hamuktarin nishka; rikushpallami runakunaka yachaytaka wiñachin nishka. Shinallatak Heideggermi ashtakata killkashka imasha yachaykuna wiñarimanta, chaymi nin mana kawsayta rikushpallaka yachahurinchu, kawsayka kashnami kana nishpallaka na yachahurinchu, yachankapakka tukuy yachayñanta ña wiñachishka chaykunawanllaka na yachahurinchu. Kay killkaypa yachayñanmi kashna kan. Tukuy killkashka kamukunata killkakatishpa yuyarishpa mushuk yuyayta wiñachinkapak imasha shuk shuk shimikuna putamanta wacharishkamanta. Chayta shinankapakka Europamanta ñawpa shimikunami tiyashkanka nishka yuyaypi chariyarishpa yuyashpa katina nin. Chay shimikunatami protoindoeuropeo (PIE) nin. Chay shimitaka wiñachishkami ashtakata maskaykunata rurashpa, punta shimikunata tarishpa shuk punta shimikunawan chimpapurachishpa, shinallatak pikunalla chay shimita rikrishpa killkashkata imasha riksinchik apunchik kamupi Babelmanta kilkkaytapash kutin rikurin. Chay killkaytami amawtay rurayta charinchik nik runakunaka mana apunchik kamuta rikunkapak munan mana chayka yachaychu nishpa, mana chayka tiyashkankachu nishpa, ashatwankarin kunanpika ashtaka ninrami imapash mana rikurikpika mana yachaychu nishpa. Chay yuyaykunata kutin rikushpami puchukarin kayta ninkapak. Shimi imasha wacharishkata yachankapak kunankaman mana katiy usharin. Llakiymi kan imasha modernidad pachamanta yuyaykuna kunankaman nin imasha shuk awawtay yachayka wiñarina kan, rikurinalla kan nin. Shinallatak imasha shimi wiñarishkata yachankapak munashpa maskakpipash kunanka mana rikurikpilla na alikachinchu, ashatwankarin punta puntamanta imashalla amawtay yachay wiñarina kan nishka yuyaykunara kunankaman shinchi sinchi kakpimi mana ashtawan yachahuy usharin. Chay yuyay na sakin kunanpi shimikunapa wacharimanta riksinkapak, yapata wichiharishka kan imashalla maskani, imalla yachay kan maskana ukupi. Positivismo yachay ashtaka sinchira kan kunankaman. Sapi shimikuna: positivismo yachay, Heidegger, Merleau-Ponty, Europamanta ñawpa shimikuna, Babel. ..................................................................................................................... En el principio, antes de la creación del mundo, ya existía la Palabra. La Palabra estaba con Dios y era Dios. Estaba ahí con Dios en el comienzo. Todo se hizo por aquel que es la Palabra; sin él, nada se habría hecho. JUAN 1:1-3 PDT “Pero, la ciencia se esfuerza y lucha sin descanso por la ley, la razón, el porqué y el cómo.” GOETHE, como se citó en Heidegger, 1976, P. 83 1. Introducción El surgimiento de la ciencia moderna ha acostumbrado a los hombres a buscar con vehemencia respuestas al porqué y al cómo de la creación. Y es la misma ciencia la que intentará acusar a este enunciado inicial de falaz, sesgado, o carente de sustento empírico. No deberíamos, según su entender, afirmar que el mundo fue creado, a menos que lo podamos comprobar. Digamos entonces que se han buscado respuestas al origen del mundo, al porqué de las cosas. Después del Círculo de Viena y el auge del positivismo, todo parecía indicar que este enfoque de percibir lo verdadero había sido consensuado, acordado y postulado casi como un régimen epistémico. Sin embargo, tras cada intento de describir la realidad y cada esfuerzo por encontrar observable lo que no es, el científico se ha encontrado con una verdad inamovible: hay fenómenos que, por mucho rigor y esfuerzo, no se pueden objetivar, porque existen en la vivencia misma del sujeto y no pueden separarse de su percepción corpórea o, al menos, así lo entiende Merleau-Ponty (2003). Hay fenómenos y cosas a los que el método, cualquiera sea, no termina de explicar. La ciencia moderna y su racionalismo quedan, en ese recorrido, a mitad de camino. Quizás el mundo es eso en lo que fuimos sumergidos desde la creación; quizás se nos da, se nos presenta, se nos aparece, y la percepción que tengamos de las cosas, estará atravesada por esa misma condición corpórea. Quizás, como sugiere Heidegger (1976), si todo tiene una causa, una razón, una explicación, es un principio limitado. Buscamos respuestas porque estamos atravesados por una estructura de pensamiento occidental que determina cómo entender el mundo desde una comprensión técnico-científica. Este ensayo revisa las tensiones epistemológicas desde el positivismo lógico, su dominio y su herencia en las ciencias modernas, reconociendo sus limitaciones a la luz de las críticas de Heidegger al principio de razón y la fenomenología de la percepción de Merleau-Ponty. Para hilvanar los supuestos propios de cada enfoque y delimitar un fenómeno lingüístico en particular —el surgimiento y la ramificación de las lenguas— nos preguntamos: ¿por qué el cientificismo acepta como razonable la hipótesis del protoindoeuropeo (PIE), pero deslegitimiza el relato de Babel? 2. Marco teórico y epistemológico 2.1. Conocimiento precientífico y la ontología del lenguaje Este trabajo recupera el pensamiento precientífico no como un estadio superado de la razón, sino como una instancia que asume el lenguaje en su dimensión originaria: no como objeto o herramienta externa, sino como la esencia misma de las cosas. Como señala Merleau-Ponty en su análisis sobre la unidad del cuerpo y la palabra: “Para el pensamiento precientífico nombrar el objeto es hacerlo existir o modificarlo: Dios crea los seres nombrándolos y la magia actúa sobre los mismos hablando de ellos” (Merleau-Ponty, 1985, p. 195). Esta concepción permite comprender las narrativas fundacionales no como explicaciones primitivas, sino como formas de articulación de un mundo en el que lenguaje y ser no se encuentran escindidos. Bajo esta premisa, la Biblia puede leerse como uno de los textos fundantes del pensamiento precientífico, ofreciendo una fenomenología del origen que precede a la categorización positivista. Mientras que en la lingüística moderna el protoindoeuropeo (PIE) es aceptado por su sumisión al método —lo que la hace una reconstrucción matemática, fonética y predecible— el relato de Babel suele ser deslegitimado por el cientificismo al no ofrecer una razón técnica, y, al contrario, estar inscripto en el ámbito de la experiencia vivida y la apertura de sentido. Sin embargo, aquí subyace un problema epistémico central: el protoindoeuropeo (PIE), en tanto lengua histórica efectiva, carece de la misma evidencia empírica que se le reclama al relato fundacional; es, en rigor, una postulación teórica con pretensiones de objetividad frente a una narrativa que se inscribe en el orden del sentido. Para el paradigma positivista, lo divino resulta problemático porque representa el límite de lo verificable. No obstante, desde la perspectiva fenomenológico-hermenéutica que orienta este trabajo, puede entenderse como el nombre histórico de aquel excedente de sentido que antecede a la formalización del lenguaje como sistema. Es preciso aclarar que las referencias bíblicas utilizadas en este trabajo no operan en un plano doctrinal, sino en el marco de una lectura fenomenológico- hermenéutica que las considera en tanto modos históricos de articulación del sentido en torno al lenguaje. En este contexto, el relato de Babel se incorpora al análisis no como objeto de validación, sino como instancia que permite problematizar los supuestos epistemológicos desde los cuales se delimita qué cuenta como conocimiento legítimo. 2.2. El positivismo lógico y sus supuestos Vemos en Chalmers (s.f.) que, hasta el siglo XVII, la Biblia era considerada una fuente legítima de conocimiento y ocupaba, en cierta forma, el lugar que luego asumiría la ciencia moderna. Como explican Chalmers (s.f.), Flichman y Pacífico (1995) y Valera et al. (1996), el positivismo lógico entiende por conocimiento científico a aquel que se basa en la observación, la experimentación y la comprobación empírica. En este sentido, ciencia es todo aquello que pueda percibirse y verificarse. Esto vuelve a este tipo de conocimiento digno de fiar. Confío porque lo veo, lo percibo, lo compruebo. Si consideramos la formulación presente en Hebreos 11:1 —“La fe demuestra la realidad de lo que esperamos; es la evidencia de las cosas que no podemos ver”— advertimos un modo de comprensión del conocimiento que entra en tensión con los criterios de validación establecidos posteriormente por la ciencia moderna y consolidados en el positivismo, donde aquello que puede considerarse conocimiento legítimo debe, en principio, ser observable, verificable o susceptible de demostración empírica. En esa lógica, según Valera et al. (1996), la ciencia se circunscribe a todo aquello que se deja captar por nuestros sentidos. Si no es palpable, si se nos escapa o se nos diluye, no será entonces legítimo; no será entonces verdad. En síntesis, la ciencia se centra en realidades observables o, en caso de que no lo sean directamente, de fenómenos accesibles mediante instrumentos de medición o experimentación. Además, significará solamente todo aquello a lo que se le pueda aplicar un método para comprobarlos. Unos de los métodos que deberán usarse será la inducción y, en parte, el hipotético-deductivo. O en el caso de los estudios filológicos o de la lingüística histórica, el método comparativo. Todo lo que no pueda ser puesto a prueba, contrastado o verificado, no será ciencia, por lo tanto, no será válido como fuente de conocimiento. El positivismo busca describir el mundo para entenderlo mediante la observación empírica y a través de un método para establecer leyes y teorías que expliquen los fenómenos naturales y sociales. Desde este marco epistemológico, revisamos un caso concreto donde la tensión entre mito y ciencia queda expuesta. Antes de abordar la discusión en profundidad, es válido aclarar que la hipótesis acá discutida no se explica desde el positivismo puro, como se explicaría la matemática o la física. Aun así, se entiende que el método comparativo se deriva de las influencias positivistas. También es pertinente aclarar que tanto los estudios filológicos como los que recuperaría la lingüística histórica son considerados científicos. No es la intención de este ensayo profundizar en explicaciones lingüísticas sobre la reconstrucción del PIE, pero sí discutir por qué la narrativa científica presenta como confiables los datos arrojados a partir de una lengua madre hipotética y a Babel como mito o texto simbólico siendo que ambas, si fuera al caso, no presentan evidencias directas de su existencia. Estudios recientes permiten profundizar el diagnóstico ya planteado sobre la impronta positivista en la producción de conocimiento científico. Fahmi et al. (2025) muestran que el positivismo, al privilegiar únicamente aquello que puede observarse, medirse o cuantificarse, reduce la complejidad de lo real y deja fuera dimensiones valorativas, culturales e históricas que no entran en el marco empíricoverificable. En la misma línea, Moya (2023) señala que este sesgo epistemológico produce una falsa neutralidad metodológica desde la cual se legitima solo aquello que puede formalizarse como “dato”, desplazando saberes alternativos y pluralidades conceptuales. Fahmi y Nurhadi (2022) también advierten que esta hegemonía de la validación empírica genera una dependencia excesiva del modelo hipotético-deductivo, que termina colonizando campos donde la observación directa no es posible, una situación análoga a la reconstrucción lingüística de protolenguas hipotéticas, que trabaja con evidencias necesariamente incompletas. Finalmente, Park, Konge y Artino (2020) explican que el positivismo consolida un ideal de ciencia fundado en la experimentación, la verificación y el control de variables, para constituir así un paradigma que determina qué cuenta como conocimiento válido y qué queda excluido por no ajustarse a sus criterios de rigor. En conjunto, estos aportes permiten comprender por qué, dentro de este marco, la ciencia contemporánea acepta reconstrucciones hipotéticas, como el PIE, aunque no presente evidencia directa, mientras desestima narrativas alternativas como Babel, no por la calidad de la evidencia, sino por los límites epistemológicos que el propio paradigma impone. 2.3. Crítica heideggeriana Esta crítica enmarca la respuesta a la pregunta inicial que delimita el problema empírico: ¿por qué el cientificismo acepta como razonable la hipótesis del protoindoeuropeo (PIE), pero deslegitimiza el relato de Babel? La propuesta de Heidegger (1976) permite entender que el problema no es solo la ausencia de evidencia empírica, sino el tipo de racionalidad que cuenta como explicación válida. El principio de razón, al exigir un fundamento y explicación para todo ente, configura un horizonte de pensamiento dentro del cual solo aquello que puede ser calculado, descrito o inferido metodológicamente, adquiere legitimidad como conocimiento (Heidegger, 1976). En este sentido, la crítica heideggeriana permite problematizar el criterio desde el cual la ciencia legitima explicaciones sobre el origen de las lenguas al mostrar que no se trata únicamente de la evidencia disponible, sino del tipo de racionalidad que define qué es lo que cuenta como explicación válida. Heidegger (1976) en el texto El principio de razón, sostiene que nada sucede sin razón; es decir, que todo tiene una causa o fundamento. Cabe preguntarse, pues, cuál es la causa o fundamento del origen de las lenguas. En sus palabras: “Buscamos razones en todo lo que nos rodea, nos concierne y nos sale al encuentro. Pedimos que se nos explique la razón de nuestras afirmaciones. Insistimos en que todo comportamiento tenga un fundamento” (Heidegger, 1976, p. 71). En este texto, el autor se pregunta de qué es la razón que se debe dar y por qué. Leibniz argumenta que hay que dar la razón de las cosas porque una verdad solo es tal si puede ser probada. En este marco, se plantea una cuestión central: si el origen de las lenguas puede ser efectivamente probado o si existe evidencia directa que lo sustente. Esta idea es retomada y discutida por Heidegger (1976). Explica que la razón debe mostrarse como verdadera porque un juicio no puede quedar sin justificación: solo será verdad si se rinde cuentas. Ahora bien, rendimos cuentas ante alguien. La pregunta es ¿ante quién? Heidegger (1976) responde: “ante el hombre, quien determina los objetos, en cuanto tales, en modo de representación que es el juicio” (Heidegger, 1976, p. 75). Esto sugiere que el hombre convierte el mundo en objeto porque esa es la forma en la que se vincula con él. El mundo es, entonces, según la razón que el hombre da de ese objeto que se presenta como algo dado. Esta razón, para que sea válida, debe ser una razón suficiente. Esto asegura conservar la legitimidad de un objeto ante cualquiera que lo cuestione. El principio de razón establece que un ente solo es ente si está asegurado para el hombre como un objeto calculable. Sin embargo, Heidegger (1976) no niega la validez del principio de razón, pero si lo cuestiona mostrando sus límites. Para Heidegger hay algo más allá de la razón que ésta no alcanza a explicar: el ser. Este texto explica cómo el principio de razón suficiente ha moldeado la manera en la percibimos y validamos el mundo. En este texto, en el mismo enunciado, señala que “Nada es sin razón”; el verbo ser ha pasado inadvertido y este desliz deja en evidencia los límites de la premisa imperante del mundo moderno: “…todo ente tiene una razón … Sin embargo, solo percibimos al ente como ente, si tenemos en cuenta qué es y cómo es” (Heidegger 1976, p. 85). El autor plantea un cambio de foco en la palabra: lo que antes era “Nada es sin razón” nos invita a pensar que “Nada es sin razón”. De esta manera posiciona al ser y a la razón como iguales. El ser entones ¿tiene una razón? De no tenerla —explica— ni si quiera existiría. ¿Acaso son lo mismo? En sus palabras: “Ser quiere decir razón —razón quiere decir Ser—: todo da vueltas en círculo. Un vértigo nos asalta. El pensamiento se queda perplejo. Porque no sabemos con exactitud lo que significa “Ser” ni tampoco “razón” (Heidegger 1976, p. 87). La ciencia persigue el origen del desenlace que de cuentas de las leyes espacio-temporales. Cuál es la causa detrás del ente, es decir, de la razón. Y volvemos al mismo sitio de dónde partimos. ¿Se puede ir más allá, a lo que está más hondo? Intentar determinar el porqué de las cosas es desenvainar su esencia. Es desnudar el Ser. Nos encontramos frete a un pensamiento calculador que heredamos del pensamiento occidental. ¿Podemos pensar más allá de lo que pueda calcularse? ¿Qué hay de lo esencial del Ser, es decir, del hombre? Esta exigencia de fundamentación permite comprender por qué, en el campo de la lingüística histórica, una hipótesis como el protoindoeuropeo resulta aceptable dentro del paradigma científico, mientras que el relato de Babel queda excluido no por ausencia absoluta de sentido, sino por no ajustarse al régimen de validación que el principio de razón impone. Tanto la crítica heideggeriana al modo de emplazamiento técnico del mundo como su problematización del pensamiento calculador han sido retomadas por diversos autores contemporáneos para mostrar los límites del paradigma científico moderno. Botha (2010) sostiene que la tecnología no es simplemente un conjunto de instrumentos, sino una forma de revelación que transforma al mundo y a los seres humanos en recursos disponibles, y reduce lo real a lo mensurable y manipulable. Por su parte, van Mazijk (2019) argumenta que tanto Heidegger como Husserl identifican en la cosmovisión tecnocientífica una estructura que determina de antemano la forma en que algo puede aparecer como “objeto” y qué tipo de explicación se considera válida. Ambos estudios coinciden en que la ciencia moderna opera dentro de un horizonte que naturaliza la objetivación y la cuantificación, lo cual se alinea con el argumento de este trabajo. Desde este marco conceptual, resulta posible examinar de qué modo esta racionalidad no solo estructura las explicaciones contemporáneas sobre el origen de las lenguas, sino también cómo delimita cuáles de ellas pueden ser reconocidas como conocimiento legítimo. La intención de esta crítica epistemológica no radica en mostrar qué relato respecto al origen de las lenguas es verdadero sino por qué la narrativa científica legitima una hipótesis (PIE) mientras descarta la otra (Babel), cuando ambas carecen de evidencia empírica directa. Heidegger (1976) muestra que el principio de “todo tiene una razón” estructura la ciencia, pero que el ser, entendido como aquello que permite que los entes aparezcan, no tiene un fundamento en sí. Por esto, el pensamiento técnico-científico que hemos heredado del positivismo debe ir más allá de la búsqueda de las causas y permitir que otros enfoques atiendan a modos de aparición de los fenómenos que no se reducen a la explicación causal. En este sentido, el principio de razón no opera simplemente como un criterio lógico, sino como una estructura de pensamiento que organiza la relación del hombre con el mundo. En ella, todo ente debe tener un fundamento, toda afirmación requiere justificación y toda existencia debe poder explicarse en términos de razón suficiente. Esta exigencia configura el marco dentro del cual algo puede ser reconocido como válido. Esta forma de racionalidad no es neutra ni natural, sino el resultado de una tradición de pensamiento occidental que ha consolidado la exigencia de fundamentación como criterio privilegiado de verdad. 2.3. Crítica merleau-pontyana Por su parte, la fenomenología permite avanzar más allá de la crítica, hacia los límites del pensamiento técnico-científico, al proponer un modo alternativo de acceso al mundo. Si, como señala Heidegger (1976), el principio de razón delimita aquello que puede ser reconocido como válido dentro de una racionalidad que exige fundamentación y explicación, la fenomenología, y particularmente la obra de Merleau-Ponty (1985), desplaza el foco hacia la experiencia vivida como instancia originaria de sentido. Desde esta perspectiva, el conocimiento no se reduce a lo que puede ser verificado o demostrado, sino que se constituye en la relación encarnada del sujeto con el mundo, y abre la posibilidad de comprender fenómenos que no se dejan agotar por la explicación causal ni por los criterios del pensamiento calculador. Como discutiremos más adelante, tanto en la explicación del método comparativo utilizado en la reconstrucción del PIE como en el trabajo que muestra los hallazgos del ziguart, los límites de observación del objeto, en este caso el origen de las lenguas, son evidentes. Los métodos reconstruyen hasta donde los datos le permiten, pero no llegan a mostrar la evidencia directa del fenómeno observado. El cientificismo insiste en describir el mundo, pero si éste precede al hombre este acercamiento siempre se verá condicionado en su intento de desmantelar la verdad. Candelero (2011) retoma a Merleau-Ponty y explica que el mundo es previo a cualquier análisis. Antes de que intente desenmarañarlo, ya estamos arrojados en él, inmersos en él, ya lo vivimos. En sus palabras: El mundo está ahí previamente a cualquier análisis que yo pueda hacer del mismo; sería artificial hacerlo derivar de una serie de síntesis que entrelazarían las sensaciones, o de los aspectos perspectivísticos del objeto, cuando unas y otros son precisamente productos del análisis, y no deben realizarse antes que éste. (Candelero, 2011, p. 3) Esta prioridad de la experiencia vivida por sobre la reconstrucción teórica permite comprender por qué, en el caso del origen de las lenguas, los modelos científicos como el protoindoeuropeo operan sobre inferencias derivadas, mientras que narrativas como Babel se sitúan en un nivel distinto de sentido que no busca ser verificado, sino expresado. Estamos situados en el mundo antes de toda reflexión. Candelero (2011) recupera el argumento de Merleau-Ponty y señala que el cuerpo no es solo cognoscible, sino también cognoscente. Tiende a querer saber y a ser sabido. El cuerpo se sale de si para encontrarse con las cosas del mundo. Explica el conocimiento cinestésico del cuerpo y no del conceptual científico. En esta discusión encontramos un punto compartido con Heidegger respecto al haber previo de lo técnicamente calculable; Merleau-Ponty alude a la ciencia como cosa distante y objetiva y sostiene que debería volverse al sentido del “hay” previo. Hay algo anterior. El autor invita a la ciencia a retomar la experiencia del mundo donde la ciencia es posterior. Toda (re)construcción que la ciencia quiera hacer es limitada o difusa porque antes de todas las teorías, hipótesis y métodos, hay un mundo vivido. Es un mundo dado de antemano al sujeto. Un mundo percibido y absorbido por él. El cientificismo crea o intenta crear un mundo como ajeno al hombre, distante, derivado e interpretado. En el marco del pensamiento precientífico que Merleau-Ponty (1985) describe, él argumenta que las cosas que hoy conocemos como tal fueron nombradas, y en ese acto, creadas por Dios. Valida el sentido del poder creador y transformador de la palabra. No es algo externo, objetivo, sino un gesto: “Para el pensamiento precientífico nombrar el objeto es hacerlo existir o modificarlo: Dios crea los seres nombrándolos y la magia actúa sobre los mismos hablando de ellos” (Merleau-Ponty, 1985, p. 195) Para el autor, el sujeto, es un sujeto encarnado que convive con las cosas. En sus palabras: La identidad de la cosa a través de la experiencia perceptiva no es más que otro aspecto de la identidad del propio cuerpo en el decurso de los movimientos de exploración; ambas son del mismo tipo: como el esquema corpóreo la chimenea es un sistema de equivalencias que no se funda en el reconocimiento de una ley, sino en la vivencia de una presencia corporal. Me comprometo con mi cuerpo entre las cosas, éstas coexisten conmigo como sujeto encarnado, y esta vida dentro de las cosas nada tienen en común con la construcción de los objetos científicos. (Merleau-Ponty 1985, p. 202) Merleau-Ponty (1985) señala que querer comprender el origen del lenguaje es un sinsentido, porque el mundo ya está dado al hombre a través de la mera percepción natural. El hombre percibe al objeto y al gesto al unísono. En El cuerpo como expresión, el autor expone la condición que no son los hombres los que deben llevar la razón: “detrás del hombre tal como es de hecho, se encuentra Dios como autor razonable de nuestra situación de hecho” (Merleau-Ponty, 1985, p. 215). Nos preguntamos acá: ¿cuál es el rol de los hombres? Romdenh-Romluc (2011) sostiene que la crítica de Merleau-Ponty al cientificismo moderno se fundamenta en el carácter necesariamente limitado de la explicación científica cuando pretende dar cuenta de fenómenos originariamente vividos. La autora muestra que, para Merleau-Ponty, la percepción no puede ser reducida a los términos de una ciencia natural porque ésta opera siempre sobre un mundo previamente constituido en la experiencia encarnada del sujeto. La ciencia, incluso en sus formas más sofisticadas, presupone esa relación originaria y por ello solo puede acceder a representaciones derivadas, nunca al fenómeno tal como se da. Romdenh-Romluc (2011) explica que esta pretensión de la ciencia de capturar la totalidad del fenómeno responde a un sesgo positivista que desconoce las condiciones pre-científicas de aparición del sentido, lo cual revela los límites epistemológicos del paradigma moderno. Desde esta perspectiva, la crítica merleau-pontyana dialoga directamente con la discusión que proponemos respecto a la hegemonía del cientificismo y su tendencia a deslegitimar narrativas que no se ajustan a los criterios empírico-metodológicos contemporáneos. En consonancia con esta discusión, Baldwin (2013) examina la crítica merleau-pontyana al naturalismo científico y destaca que, para Merleau-Ponty, la existencia humana y los fenómenos fundamentales que estructuran el mundo, como el espacio y el tiempo, no pueden ser comprendidos plenamente por los métodos de la ciencia natural, dado que esta presupone precisamente aquello que la percepción encarnada constituye. La tesis central que Merleau-Ponty propone es que la percepción no es un mero “evento de la naturaleza”, sino una forma originaria de intencionalidad que configura el mundo como espacio-temporal antes de cualquier descripción científica. Según Baldwin (2013), esta posición implica que no puede existir una explicación científica exhaustiva del mundo, puesto que la ciencia opera siempre sobre un horizonte previamente abierto por la percepción vivida. Aunque el autor señala que algunos argumentos de Merleau- Ponty pueden resultar inconclusos o dependientes de supuestos idealistas que el naturalismo contemporáneo rechazaría, reconoce que su crítica revela con claridad los límites epistemológicos del cientificismo: la ciencia no puede dar cuenta de las condiciones mismas que hacen posible su propio acceso al mundo. Desde esta perspectiva, la diferencia entre las explicaciones sobre el origen de las lenguas no radica únicamente en la evidencia disponible, sino en el modo de acceso al fenómeno que cada una presupone. Si el lenguaje no puede ser entendido exclusivamente como un objeto producido o instrumentalizado por el hombre, sino como una condición que atraviesa y configura su estar en el mundo, su origen difícilmente pueda abordarse como un fenómeno susceptible de observación directa, medición o cálculo. En consecuencia, la reconstrucción científica opera necesariamente sobre datos derivados e inferencias metodológicas, sin alcanzar una evidencia directa del fenómeno en sí. En este marco, el relato de Babel puede ser leído como una forma de expresión de sentido que no busca verificarse empíricamente, sino dar cuenta de una experiencia originaria del lenguaje; por ello, su deslegitimación no responde necesariamente a una menor validez, sino a su no adecuación a los criterios de inteligibilidad del paradigma científico moderno. 3. El origen de las lenguas y sus narrativas 3.1. La hipótesis del protoindoeuropeo según la lingüística histórica y el método comparativo Comencemos por preguntarnos lo obvio: ¿Hay alguna evidencia directa que demuestre la existencia del PIE? ¿Hay algún registro o documento directo como textos, inscripción, tablillas, papiro o algún otro material en el que esté escrita la lengua? ¿Hay evidencias arqueológicas o epigráficas que la documenten? ¿Está atestiguado en alguna fuente histórica o arqueológica? Sin ánimo de desarrollar un marco teórico que revise las teorías que respaldan la hipótesis del PIE, se puede decir que la literatura consultada revela que no existen registros escritos de esta lengua. Ningún texto antiguo conserva esta lengua, por lo que su forma y estructura se infieren a partir de la comparación entre lenguas indoeuropeas descendientes. Mallory y Adams (2006), Campbell (1998) y Trask (1996) destacan que el PIE es una reconstrucción hipotética, resultado del método comparativo desde el cual derivan leyes y teorías que evidencian correspondencias regulares de sonidos y estructuras entre lenguas emparentadas. Renfrew (1987) sostiene que la existencia de sus hablantes solo se reduce a una inferencia, especialmente en el campo de la arqueología. Clackson (2007) y Watkins (2011) resaltan que debe tratarse como una construcción teórica y no una lengua atestiguada. En síntesis, la filología, la lingüística histórica, la antropología lingüística no dan cuentas de la existencia de esta lengua como tal. En esta línea, Anthony y Ringe (2015) señalan que la reconstrucción del protoindoeuropeo no se apoya en ningún registro directo, sino en inferencias obtenidas mediante el método comparativo. Los autores destacan que la ausencia total de documentos escritos obliga a trabajar exclusivamente con datos de las lenguas descendientes, por lo que el PIE debe entenderse como una hipótesis reconstruida y no como una lengua históricamente atestiguada. Por su parte, Grestenberger (2016) enfatiza que cualquier propuesta sobre la morfología verbal del protoindoeuropeo depende exclusivamente de la comparación entre lenguas hijas, dado que no existe evidencia directa de la lengua reconstruida. La autora enfatiza que las formas atribuidas al PIE son modelos inferidos a partir de correspondencias sistemáticas y no descripciones empíricas de una lengua documentada. 3.2. El método comparativo Campbell (1998) explica que el método comparativo es esencial para la lingüística histórica, de hecho, lo describe como el método y la técnica más importante para trabajar en esta disciplina. En cuanto a la proto-lengua, señala, que es la lengua de la cual se desprenden el resto de las lenguas existentes. En ese desprendimiento se ven las relaciones genéticas que las unen o vinculan. Como sucede con cualquier cambio lingüístico, nacen nuevas variedades dialectales de esa lengua ancestral, y como sucede también con los dialectos, estos se dan en diferentes territorios o regiones geográficas. Con el devenir del tiempo, encontraremos lenguas autónomas que en algún tiempo fueron dialectos de la misma lengua a las que llaman parientes. El método comparativo les permite reestructurar la proto-lengua mediante la comparación entre esas lenguas descendientes y evaluar sus cambios. Observan aspectos fonológicos, léxicos y sintácticos. Ahora bien, tal como se explica, el método les permite reconstruir una lengua hipotética a partir de datos observables en dialectos anteriores de lenguas emparentadas por rasgos y similitudes. No obstante, esto no implica la existencia de evidencia directa de la proto-lengua. Es solo una hipótesis inferida derivada de la observación y la inducción a través de un procedimiento sistemático. Vemos así que hay muchos caminos que podrían conducirnos a una conclusión, pero a ninguna certeza. Mediante el método comparativo, los científicos deben ver para acercarse a la verdad. Es válido recordar que los científicos dependen de los datos disponibles. Si las lenguas hijas disponibles son pocas o no están bien documentadas, la reconstrucción será incierta. La reconstrucción de todo el sistema es poco viable debido a los datos que no están disponibles. Hay un alcance temporal que les permite solo validar el supuesto hasta cierto punto. En consonancia, Weiss (2018) subraya que el método comparativo opera necesariamente sobre huellas indirectas, ya que ninguna protolengua es accesible de manera empírica. Para el autor, toda reconstrucción es una “representación analítica” derivada de correspondencias regulares, pero no una recuperación histórica literal. Por ello, aun cuando el procedimiento es sistemático y riguroso, sus resultados “deben entenderse como modelos teóricos” y no como registros auténticos de una lengua efectivamente documentada. Kaplan (2021) señala que las teorías lingüísticas sobre el origen del lenguaje y sobre las protolenguas ancestrales —como ya se discutió anteriormente— no se sostienen en evidencia directa, sino en inferencias reconstruidas a partir de datos fragmentados. La autora plantea que el proceso de reconstrucción de lenguas atestiguadas podría condicionar a los investigadores a renunciar al experimento en favor de la lógica, operando sin registros empíricos observables y apoyándose únicamente en hipótesis comparativas y razonamientos abductivos. Según Kaplan (2021) se evidencia una especie de imposición conceptual como resultado de la ausencia de datos directos. Esto es, en esencia, lo que tratamos de discutir en este trabajo: que tanto la reconstrucción del PIE como la de cualquier otra lengua ancestral se fundamentan en procedimientos inferenciales, que, aunque sistemáticos, no muestran empíricamente la existencia real de dichas lenguas. En su lugar, las modelizan como soluciones teóricas dentro del paradigma científico contemporáneo. 3.3. El relato de Babel y su correlación con la reconstrucción arqueológica de los zigurats mesopotámicos Por otro lado, el relato bíblico de Babel constituye una de las narrativas tradicionales a partir de las cuales se explica la diversificación de las lenguas, y que ha sido referido en la literatura de la lingüística histórica. En el capítulo 11 del libro de Génesis se cuenta que la humanidad decidió construir una torre que llegara hasta el cielo. En ese entonces, se hablaba una sola lengua. El pueblo migró al oriente y se asentó en la región de Sinar. Ante la aparente soberbia y autosuficiencia del hombre, Dios frustró esa construcción y los dispersó: Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. De ese modo, nos haremos famosos y evitaremos ser dispersados por toda la tierra. Pero el Señor bajó para observar la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo. Entonces el Señor dijo: Todos forman un solo pueblo y hablan un solo idioma; esto es solo el comienzo de sus obras y todo lo que se propongan lo podrán lograr. Será mejor que bajemos a confundir su idioma para que ya no se entiendan entre ellos mismos. De esta manera el Señor los dispersó desde allí por toda la tierra; por lo tanto, dejaron de construir la ciudad. Por eso a la ciudad se le llamó Babel, porque fue allí donde el Señor confundió el lenguaje de todos los habitantes de la tierra y los dispersó por todo el mundo. (Génesis 11:4-9) ¿Qué dice la arqueología al respecto? George (2005) documenta evidencia arqueológica de la construcción de una gran torre o templo en Babilonia, aunque no hay evidencia directa de que esa construcción sea la misma torre descrita en el libro de Génesis. El autor comenta y amplía los trabajos de Schmid (1995), donde documenta hallazgos de excavaciones. Y sostiene que esta torre, si acaso hay evidencia material, es un ziguart. De manera similar con lo que ocurre con los textos que explican el PIE, el autor plantea que los restos encontrados de este ziguart podrían haber inspirado “el mito” de Babel. Una vez más, el cientificismo, característico de la investigación occidental, lleva a calificar como mito todo aquello que no pueda probar empíricamente. Es que todo aquello que no se pueda probar, será mejor que se explique como narrativa simbólica. Este ziguart en cuestión es el Etemenanki, una torre escalonada de siete niveles con una base de 91 metros cuadrados y una altura estimada de 90 metros. Este artículo es un trabajo documental donde se revisan fuentes secundarias de trabajos de campo y de excavaciones, y se aplica un método comparativo que contrasta con textos históricos antiguos para mostrar que esos hallazgos arqueológicos coinciden con relatos religiosos como el de Babel. En sintonía con esta discusión, el trabajo de Foster (2011) sobre el origen del lenguaje y el análisis del relato de Babel revela cómo los modelos lingüísticos contemporáneos continúan operando bajo supuestos racionalistas heredados, incluso cuando pretenden explicar fenómenos para los cuales no existe evidencia empírica directa. La autora observa que las teorías evolutivas, psicolingüísticas o comparativas que buscan reconstruir un “estado inicial” del lenguaje se ven obligadas a formular hipótesis altamente especulativas, ya que carecen de registros verificables sobre los primeros actos lingüísticos humanos. Frente a esta ausencia, Foster (2011) muestra que las narrativas científicas tienden a construir marcos explicativos que funcionan más como relatos estructurados por presupuestos modernos que como descripciones del fenómeno mismo. En contraste, al revisar el relato de Babel, la autora señala que su exclusión sistemática del discurso académico no responde tanto a la falta de datos, —dado que las teorías científicas tampoco los poseen— como a la imposición epistemológica que privilegia solamente las explicaciones alineadas con los criterios de verificabilidad contemporáneos. En este sentido, la fenomenología no busca sustituir a la ciencia, sino señalar que esta última es una operación secundaria sobre un mundo ya percibido. A modo de síntesis de los marcos teóricos abordados, la siguiente matriz presenta las divergencias fundamentales entre el paradigma positivista y las dimensiones ontológica y fenomenológica: Tabla 1: Abordaje del objeto según dimensiones ontológicas, fenomenológicas y positivistas. Fuente: Elaboración propia a partir del análisis ontológico de Heidegger (1976), la fenomenología de Merleau-Ponty (1985, 2003) y las revisiones críticas de Candelero (2011), Botha (2010), Romdenh- Romluc (2011), van Mazijk (2019) y Baldwin (2013). 4. Análisis contrastivo y discusión Esta forma de validar el origen de las cosas, ya sea la evidencia de una lengua madre hipotética o la reconstrucción arqueológica de la torre de Babel, responde al mismo sello epistemológico: solo lo que pueda medirse, documentarse o describirse adquiere legitimidad. Sin embargo, esta manera de percibir y validar el mundo no es un hecho azaroso, por el contrario, emana de una manera de considerar lo verdadero. Consideremos el planteo heideggeriano al respecto de este absolutismo científico. Como hemos cuestionado en este ensayo, el cientificismo de Occidente ha presentado la ciencia como el único, absoluto y legítimo acceso hacia la verdad. Retomando la pregunta sobre el origen de las lenguas, la ciencia moderna lo explica desde la aplicación del método comparativo. Las lenguas comparadas son entes intervenidos para llegar a una conclusión hipotética que es la reconstrucción de una lengua madre original. Lo mismo pasaría con los métodos utilizados para hallar concordancias arqueológicas con el relato de Babel. No importa que la ciencia no encuentre ninguna evidencia directa de la protolengua o de las ruinas de Babel, el relato de Babel será siempre un mito o una narrativa simbólica. Heidegger no cuestiona el método en sí, ni la ciencia como tal, sino su reduccionismo a que sea ésta la única manera de revelar el mundo. Heidegger cuestiona que el tecnicismo deja de lado otras maneras de habitar y de ser en el mundo. Por su parte, Merleau-Ponty también reacciona al objetivismo postulado por la ciencia moderna. Plantea otras formas de acceder a la verdad. Este filósofo francés sitúa a un sujeto corpóreo que da cuenta de lo vivido y lo experimentado. Es el mundo en que se encuentra el mismo que lo atraviesa y convive con él. El cientificismo acepta como razonable la hipótesis del protoindoeuropeo porque lo puede describir desde la objetivación mediante métodos y las disciplinas afines deslegitimizan el relato de Babel porque han heredado una manera particular de percibir el mundo. Vemos que, si bien el PIE no tiene evidencia directa —se trata, más bien, de una reconstrucción inferida— y opera con márgenes de incertidumbre por todos los datos a los que no tienen acceso en la reconstrucción, evidencia legitimidad porque se enmarca dentro del régimen epistémico moderno: observación, inferencia, método. Mientras que Babel, aun teniendo respaldo arqueológico indirecto, se descarta porque no responde al criterio epistemólogo mencionado anteriormente. Bajo esta premisa, se vuelve imperativo contrastar los mecanismos de legitimación que sostienen a ambos modelos, analizando sus procedimientos y el estatus de sus evidencias en la siguiente matriz: Tabla 2: Comparativa de sustento metodológico y validación epistemológica: PIE frente a Babel. Fuente: Elaboración propia a partir del contraste entre el método comparativo de la lingüística histórica (Campbell, 1998; Trask, 1996; Renfrew, 1987; Mallory y Adams, 2006; Anthony y Ringe, 2015) y el registro documental y arqueológico de Babel (George, 2005; Schmid, 1995; Foster, 2011). 5. Conclusión A la luz de los textos revisados, la ciencia moderna, cargada de una herencia de racionalidad calculadora, no puede explicar el origen de la diversificación de las lenguas, solo acercar hipótesis que derivan de la reconstrucción de datos obtenidos. Su marco epistémico delimita qué puede ser considerado legítimo y qué debe ser considerado un mito. No es en sí la evidencia empírica lo que valida el PIE y deslegitimiza el relato de Babel, sino la herencia cientificista impregnada en la narrativa de las disciplinas. Cuando nacimos, el lenguaje estaba en nosotros, ya se nos había dado. No lo descubrimos. No pudimos disociarnos para verlo, para palparlo, para entenderlo. Emanaba de nosotros, como parte de nuestra propia manera de estar en el mundo. Los primeros llantos, los primeros gruñidos, los primeros quejidos. El primer y sólido balbuceo. Ya estaban ahí antes de nuestra conciencia. El mismo fenómeno surge en distintas partes del mundo, con distintos sonidos, con distintas palabras, con distintos sistemas. ¿Es este acaso un gesto sonoro encarnado? ¿Cómo es que vinimos con él? Vemos que la ciencia moderna se esfuerza por explicar objetivamente algo que yace en nosotros desde la creación del mundo (o desde su origen). Hay cosas que ya estaban dadas ante los hombres y la ciencia no puede dar cuenta de eso. No puede explicar lo que nos constituye. La ciencia, simplemente, llega después. Referencias bibliográficas Anthony, D. W., & Ringe, D. (2015). The Indo-European homeland from linguistic and archaeological perspectives. Annual Review of Linguistics, 1, 199–219. Baldwin, T. (2013). Merleau-Ponty’s phenomenological critique of natural science. 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